Lo que sí y lo que no me gusta en una boda

 En BODAS, LIFESTYLE, SI LA NOVIA FUERA YO...

Os voy a contar un secreto: hacer de tu pasión tu profesión a veces es un arma de doble filo.

Si tuviera que elegir, optaría una y mil veces de nuevo por dedicarme a la organización de bodas, pero he de reconocer que -cuando asisto como invitada a alguna de ellas o buceo por la red buscando inspiración- me resulta algo difícil dejarme llevar por la emoción y no observar cada detalle con mirada analítica.

Dejando a un lado cuestiones que son objetivamente un acierto o un error – como, por ejemplo, un vestido mal ajustado o un espacio demasiado pequeño para el volumen de invitados-, está claro que yo cuento con un criterio propio basado en mis gustos y personalidad que hace que haya detalles que me enamoren en una boda y otros que nunca me convenzan.

Cuando me reúno en el estudio con las parejas con las que trabajo, no me gusta expresar mis opiniones para no condicionaros: vuestra boda es vuestra, y no tiene que gustar a nadie más que a vosotros; pero este blog es mi espacio personal y por eso no se me ocurre un lugar mejor para confesaros mis imprescindibles y los ‘yo nunca’ que tendría en cuenta si la novia fuera yo.

 

Fotografía © Sara Frost

SÍ, QUIERO…

  • Flores con estilo – Me gustan las bodas sencillas con arreglos florales a base de variedades ‘despeinadas’, cuya belleza radica en que no son perfectas. Me gustan los tonos suaves para acompañar montajes clásicos y atemporales; me encantan las bodas en blancos. Me fascinan las novias atrevidas que reservan una parte importante del presupuesto para flores y se fían del criterio de su florista para obtener un resultado espectacular. En todas las bodas hay flores, pero no en todas se explota todo su potencial.
  • La cara del novio al final del pasillo – Porque ese brillo en los ojos es muy difícil de explicar con palabras y casi todos se pierden la ocasión de ver así de emocionado a su hermano o su amigo por captar una imagen de la novia con su teléfono móvil.
  • Elementos artesanales – En estos tiempos de comida rápida, televisión a demanda y agendas extremas, lo que más me emociona es aquello que se ha producido a la manera de antaño, con tiempo y mucho cariño. Me gustan las novias que se secan las lágrimas con un pañuelo bordado en lugar de con uno de papel, las que eligen vivir en primera persona el proceso de hacerse un vestido a medida o que incluyen en su menú los quesos del productor local.
  • Bodas pequeñas –  Me declaro firme defensora del ‘menos es más’. Menos invitados, mayor emoción. Me encanta llegar a la celebración y comprobar que conozco a todos los invitados, porque -además de ser garantía de que tenemos una gran fiesta por delante- eso significa que los novios se van a sentir verdaderamente arropados y no van a perder tiempo en saludar a gente a la que ven por primera vez.
  • Coherencia estética – Porque ni todo vale, ni hay que abusar de la simetría y el conjunto. Tanto en la decoración de espacios como en los estilismos de novias e invitadas me gusta la combinación de elementos neutros con detalles que aporten personalidad. El estilo es un lenguaje y no hay nada peor que hablar por hablar.
  • Decoración con un fin –  Mis bodas favoritas son aquellas en las que los elementos decorativos tienen un propósito evidente: hacer acogedora una zona de descanso, dar protagonismo al rincón del libro de firmas… No veo sentido a las flores en lugares inverosímiles y la señalítica decorativa repartida por cada rincón del jardín.
  • Profesionales – Siempre. Sin ningún lugar a dudas y para todos los detalles de una boda.
  • Invitaciones por correo postal – Una papelería cuidada, con un papel de buen gramaje, caligrafiada con mimo y con sellos de correos a la antigua usanza sería el primer capricho de mi lista de imprescindibles para novias. Un lujo accesible que transmite buen gusto y cariño a partes iguales.
  • Niños vestidos de niños – Soy de aquellas que apuestan por la presencia de los más pequeños en las bodas porque me divierten sus ocurrencias y me resultan entrañables al recorrer desconcertados el pasillo hasta el altar. Me encantan los niños de arras con vestidos clásicos, de fibras naturales y en tonos suaves, sin extravagancias ni cursilerías. Niños vestidos de niños que puedan jugar en el césped durante el cóctel.
  • Detalles sin público – Me gustan los novios implicados, que aprovechan su día especial para decirse el uno al otro y también a los suyos cuánto les quieren, pero -al mismo tiempo- no soy amiga de las grandes exaltaciones públicas de amor y amistad. Mi parte favorita de las bodas es el día después, cuando alguien te comenta emocionado que lo más especial fue que la novia se acordara del cocktail que pedían siempre cuando iban a la Universidad y que lo incluyera en la barra libre.

 

 

Fotografía © La Fotografía de tu Boda

NO, GRACIAS

  • A los compromisos eternos – Cuando me dan la noticia de una boda no me gusta que esta venga acompañada de la coletilla ‘para dentro de dos o tres años’. Una boda no requiere de tanto tiempo de preparación y con el paso de los meses la ilusión de novios y entorno se va diluyendo; es mucho más divertido escuchar ‘Acabamos de decidir… ¡que nos casamos en 6 meses!’
  • A las elecciones por moda o ‘porque sí’ No me cabe en la cabeza una boda en la playa para una pareja de interior ‘porque es más bonito’, no me gustan las novias con manga larga en agosto ‘porque se lleva’, no soporto los menús de 5 platos ‘porque son muy de boda’. En resumen, no me gustan las opciones estándar que no me hablan de los novios y su personalidad.
  • A las invitadas protagonistas – La que no para de hacer stories de cada detalle del evento. La que va de blogger y ya se ha hecho 20 fotos para enseñar su estilismo. La que acapara a la novia. La que aprovecha la fecha para anunciar que también se casa. No y mil veces no.
  • A que sea obligatorio contar con corners y candy bar – Mesas de quesos, barras de sushi, rincones de cervezas o surtidos de gominolas pueden ser geniales si están preparados con gusto y el producto te apasiona, pero -como en todo- no veo sentido a incluirlos si no te llaman la atención ni siquiera a ti. Mucho mejor reservar esa parte del presupuesto para optar por un vino o un jamón de mejor calidad.
  • A los novios que no se buscan durante la boda – Me produce una pena infinita asistir a esas bodas en las que tras la ceremonia se perciben claramente dos ambientes: el de él y el de ella. Atender a los invitados está bien, pero no hay nada más triste que convertir una boda en dos despedidas de soltero simultáneas.
  • Al abuso del do it yourself – Por supuesto me gustan las bodas con detalles preparados por los propios novios, pero no entiendo ese afán por tratar de hacerlo todo uno mismo sin tener ninguna experiencia. La consecuencia suelen ser unos novios estresados y un resultado poco depurado.
  •  A los convites eternos – Si a la costumbre de contar con un número excesivo de platos le sumamos la moda de preparar regalos, sorpresas y vídeos para intercalarlos entre cada servicio, obtenemos comidas y cenas eternas que acaban aburriendo a propios y extraños. Prefiero mil veces una comida sencilla y un mensaje personal el día después, cuando todavía tenemos las emociones a flor de piel.
  • A las novias disfrazadas – Porque acaban sintiéndose incómodas, porque las fotografías de sus bodas envejecen peor, porque es raro que se vean favorecidas. Porque es una pena no sentirte tú en un momento tan especial.
  • A las bolsas de invitadas – Soy consciente de que los bolsos de fiesta son muy, muy pequeños, pero todas podemos sobrevivir un día sin los mil y un trastos que llevamos cada día con nosotras. Una boda no es día para gafas de sol, monederos, juegos de llaves y neceseres; tampoco para zapatos de repuesto. Evitemos que una bolsa de papel estropee nuestro estilismo y -si es necesario- acabemos la noche bailando descalzas.
  • A los discursos sin medida – No hay nada más peligroso en una boda que un micrófono fuera de control. Bien porque el momento o las palabras no sean acertados o porque la duración sea excesiva, un mal discurso puede aguar una buena boda, y es un fallo tan sencillo de evitar como limitando su uso al momento de la ceremonia.

 

Fotografía © JFK Imagen Social

 

Cristina & co.

Entradas Recomendadas

Dejar un comentario

Contacto

Ahora mismo no estamos disponibles, pero puedes enviarnos un correo electrónico y nos pondremos en contacto contigo lo antes posible.

0